El sol de junio caía fuerte sobre Tuluá, como si el cielo hubiera decidido fundir el polvo con el asfalto. En la carrera 28 con calle 27, donde antes los buses del Expreso Palmira resoplaban, ahora el aire olía a pintura fresca y a madera recién pulida. El terreno, acostumbrado al bullicio de maletas arrastradas y despedidas apresuradas, se vestía de gala. No era ya el lugar de los adioses fugaces, sino el escenario de un nuevo comienzo.

El 18 de junio de 1977, el embarcadero había cedido su espacio a un edificio de cuatro pisos, de fachada clara, que se alzaba con la solemnidad de quien sabe que está llamado a quedarse. Los hombres de negocios, ataviados con trajes que les ajustaban el cuello bajo el calor, se reunieron frente a la entrada. Entre ellos, Jorge Enrique Gutiérrez Anaya destacaba no solo por su presencia, sino por el brillo de expectativa en sus ojos. El corte de la cinta roja fue un gesto simple, casi íntimo, pero cargado de simbolismo: el pasado se desvanecía para dar paso a algo más permanente.

El nombre, "Juan María", había sido elegido con cuidado meses atrás. No era un capricho, sino un guiño a la memoria colectiva, un homenaje al prócer Juan María Céspedes, cuya sombra aún se paseaba por las calles de Tuluá. Los socios, comerciantes y ganaderos de visión aguda, entendieron que un nombre con raíces profundas le daría al hotel no solo prestigio, sino también un lugar en el corazón de la ciudad.

Con el tiempo, el Hotel Juan María se convirtió en mucho más que un edificio. Transformó la esquina que ocupaba, le dio un nuevo ritmo. Ya no era solo el punto de partida de quienes se iban, sino el lugar de llegada de quienes venían a quedarse. No solo llenó un vacío en la oferta de la ciudad, sino que, sin pretenderlo, se tejió en la trama de su identidad. Y así, entre paredes recién pintadas y risas que resonaban en el restaurante, Tuluá ganó un nuevo símbolo: un lugar donde el viaje y la permanencia, por fin, se encontraron.

